La profesora Irene Vázquez lo contaba en su capítulo “Chesterton y Lewis: la vía de la ejemplaridad” en Chesterton de pie:

En su artículo “Membership” de 1945 parte de una descripción del ser cristiano sobre la que posiciona toda su argumentación de una forma aún más contundente de lo que lo hacía Chesterton unos años antes. En él describe que las raíces mismas del cristianismo no admiten una vida “solitaria” y que por la propia naturaleza de la Iglesia, esposa de Cristo, nos pertenecemos unos a otros. Somos “miembros” de un solo cuerpo.

Es de singular importancia el contexto histórico en el que se enmarca este discurso apologético del profesor Lewis: un momento donde la religión había sido definitivamente “privatizada” y peligrosos sustitutos en forma de ideologías campaban a sus anchas. La contradicción de la autoafirmación del yo en el mundo del colectivismo relegó la religión al ámbito de la soledad, o vida privada. Esta coincidencia se extiende y se muestra profundamente arraigada en la sociedad secular de nuestros días.

C. S. Lewis concreta en este ensayo que el cristianismo no admite otra forma por su propia esencia comunitaria que ser vivido de forma pública. Y, de hecho la apuesta que pregona es que el cristianismo nos puede salvar de los errores de la sociedad de masas secularizada al mostrar un camino de bien y verdad. Lewis entiende la necesidad de soledad y silencio interior que García Morente identificó en esa misma época en su Ensayo sobre la vida privada. Sin embargo, el profesor desenmascaró pronto la paradoja de esta ingenua suposición: “¿cómo podemos vivir a solas, privadamente, la religión si nunca estamos solos?”
Esta realidad, dice Lewis, esconde la necesidad de reconquistar nuestro yo religioso relegado por un colectivismo que por su propia naturaleza secular se afana en salvaguardar aquellos intereses propios de los estados modernos que en ocasiones llegan a ser incompatibles con nuestro anhelo de bien natural y sobrenatural. La cuestión fundamental que plantea Lewis y que supone un paso más en esta ruptura de la dicotomía vida pública-vida privada es que el cristiano puede convivir con este colectivismo de una forma más civilizada y armónica sin renunciar a su individualidad en la medida que se sabe “miembro” de un “cuerpo místico”. La palabra “miembros” no se refiere a una homogeneidad o igualdad entre cada uno de los individuos hasta configurar un todo. Esto estaría más cerca de una definición del social anónimo. En su acepción paulina, explica Lewis, los miembros son como los órganos de un cuerpo. Cada uno reviste su propia esencia, diferencia y se convierte en necesario
y complementario. Los individuos o miembros son imprescindibles entre sí. “Los miembros del cuerpo de Cristo son ejemplos unos de otros y en absoluto intercambiables”.
Aquí la propuesta cristiana se ofrece como un acercamiento a la pretensión civilizadora moderna del hombre. Vida pública, imprescindible en cuanto comunitaria pero, ¿cuál es la probabilidad de que los miembros de esa comunidad por el hecho de ser cristiana se conduzcan en armonía garante de justicia y libertad? Sigue abierta la pregunta que formula Gomá Lanzón: “¿Por qué elegir la justicia y no la barbarie?”

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