Tras el exitoso congreso dedicado a C.S. Lewis y J.R.R. Tolkien celebrado esta semana en la Universidad CEU San Pablo, recordamos el delicioso encuentro de Lewis con G.K. Chesterton. Nos lo contaba Marta de Diego en su capítulo de Chesterton de pie. Un encuentro que bien podría merecerse la exclamación élfica: “Que nuestro encuentro sea iluminado por una estrella”:

Invierno de 1918, Primera Guerra Mundial. C.S. Lewis es un soldado ateo de 19 años, convaleciente en un hospital de Francia. Aquí tiene su primer encuentro, por así decirlo, con Chesterton. “En algún momento a mediados de aquel invierno tuve la suerte de caer enfermo de lo que los soldados llaman ‘fiebre de trinchera’ y fui enviado al hospital de ‘Le Tréport’ por tres deliciosas semanas… Como alternativa a las trincheras, una cama y un libro eran el mismo cielo. Fue aquí donde leí por primera vez un libro de ensayos de Chesterton. No había oído hablar nunca de él, ni sabía qué pretendía; tampoco entiendo muy bien por qué me sentí inmediatamente conquistado. Lo previsible hubiera sido que mis ideas pesimistas, mi ateísmo y mi horror hacia el sentimentalismo, lo hubieran convertido en el último escritor con el que podía congeniar… Me gustó por su bondad”

 Walter Hooper señala: “Era un ateo convencido en esa época. No creía que Dios existiera y, al mismo tiempo, estaba enfadado con Dios por no existir… Chesterton le atraía, era la voz precisa, influyó sobre él en el modo de dirigirse al hombre moderno al tratar de asuntos cristianos”

 Con su característica ironía diría Lewis “Al leer a Chesterton, como al leer a MacDonald, no sabía dónde me estaba metiendo”

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