Reproducimos un extracto de Psicología de la familia (coordinado por José Manuel Burgos, Gabriel Dávalos y Javier López) del profesor Aquilino Polaino:

Hemos observado, líneas atrás, algunas de las relaciones existentes entre la resiliencia y los conflictos con la familia de origen. Consideremos ahora, el perfil  psicológico  que, en cualquier  persona, pone de mani- fiesto una extrema vulnerabilidad y debilidad personal o la ausencia de resiliencia.

Consideremos una persona joven a la que le cuesta levantarse, va a su bola, no se exige a sí misma, olvida su mochila, no toma nota de las tareas que le ponen en clase, se molesta si se le encarga alguna responsa- bilidad, no toma la iniciativa para ayudar a otros, se queja y protesta por todo, ocupa casi siempre el sillón más cómodo de la casa, jamás atiende al teléfono o la puerta, desaparece ante cualquier necesidad familiar, se mueve sólo para conseguir sus caprichos, su habitación es caótica, llega tarde a todas partes excepto el comedor, no se esfuerza en el deporte, le da igual perder que ganar, es muy exigente respecto de los demás, no tolera los defectos ajenos, con frecuencia se enfada, se aísla y no se comunica con nadie de la familia, está siempre con el ordenador el Ipad o el móvil, es incapaz de hacer un favor a alguien, duerme con el móvil encendido, exige que alguien le ayude cuando tiene un problema, no es su costum- bre dar las gracias, es incapaz de afrontar la más pequeña dificultad, tiene ataques de ira cuando se frustra, se le lleva la contraria  o se retrasan en darle lo que pide, reconoce que es blando cómodo e intolerante pero no está dispuesto a cambiar, ignora cómo afrontar una dificultad y prefiere que alguien le sustituya en sus deberes, su comportamiento es despótico autoritario e intolerante,  no da la cara por nadie, es desconsiderado y huye de los peligros, no asume responsabilidad alguna, hay que evitarle cualquier  molestia, es incapaz de realizar de forma sostenida cualquier esfuerzo, y miente y engaña a su familia a la que trata de manipular.

De acuerdo con el constructo de resiliencia (Polaino-Lorente,2013), habría que concluir que una persona con un perfil así adolece de resiliencia. Sin embargo, nada se ha mencionado acerca de la educación en la fortaleza –cuestión principal que, desde luego, sí compete a los padres– y que podría modificar de forma significativa el anterior perfil. Décadas atrás, el énfasis se ponía en la educación de la voluntad, un concepto que se formulaba con una excesiva carga energética. Hoy, en cambio, se habla más bien del “estiramientos de la voluntad”. Sea como fuere, el hecho es que hay que educar la voluntad, puesto que esa persona tendrá que dirigir su vida de acuerdo con su libertad. Nadie puede ser sustituido por nadie. Podrá ser ayudado más o menos, pero en el camino de la vida las opciones por las que cada persona opta son singulares y personales. No se puede vivir por encargo de otro. Nadie puede hacer la vida a expensas de lo que otros le digan.

No obstante, es conveniente pedir consejo y orientación a quienes son más expertas en aquellas cuestiones que no se sabe cómo afrontar. Pero esos consejos no son vinculantes y, por consiguiente, cada persona –después de oírlos– ha de optar libremente por lo que considere más pertinente para su vida. La vida no se hace por encargo de otro. Está claro que no tenemos sustitutos y, además, no los necesitamos. He aquí un motivo más para poner el énfasis en la educación en la fortaleza.

Fortaleza y resiliencia, como se ha probado en la publicación antes citada, no se oponen ni contradicen sino que se complementan. Educar en la fortaleza, educarles para que sean personas resilientes –y, por tanto, con mayor probabilidad de ser felices– exige perder el miedo a frustrar a los hijos. “No frustrar a los hijos”, es algo imposible, además de que contraviene y conculca cualquier principio de lo que es la educación. No frustrar a los hijos nunca, es una pésima experiencia para ellos. Si les falta entrenamiento en las pequeñas frustraciones diarias acabarán por transformarse en personas despóticas e intolerantes.

Sucede algo parecido con otro principio equivalente al anterior que algunos padres formulan como “complacer siempre a los hijos”, sin apercibirse que tal modo de proceder constituye un modo radical de caída en el permisivismo. El permisivismo les enseña lo que jamás debieran aprender: disponer de una escasa tolerancia a las frustraciones. Sin esa gimnasia natural y propia de la vida humana –que es la aceptación o resolución de la frustración–, se afecta profundamente su desarrollo. ¿Quién está mejor preparados para la vida? ¿El que evita cualquier frustración y jamás se ha enfrentado a ella o el que no le preocupan las futuras frustraciones, porque ya tiene experiencia de haberse enfrentado a ellas y haberlas resuelto? ¿Quién sufrirá más? ¿Quién relativizará o magnificará más la relevancia de la frustración? ¿Quién dispone de mayor resiliencia para abrirse paso en la vida? ¿Quién estará mejor dotado para minimizar el enfado, aliviar el sufrimiento, agigantar la inventiva, estimular el ingenio y encontrar la mejor solución posible? La educación en la fortaleza robustece las actitudes resilientes. Una persona que no tolera la frustración es más vulnerable a la ansiedad y a comportarse de forma agresiva. La ansiedad sigue siempre a la frustración. Si la frustración se acepta, se asume o se soluciona, la ansiedad desaparece o se alivia. Si, por el contrario, la exposición a la frustración continúa sin que se resuelva (o se tolere), lo más frecuente es que emerjan comportamientos agresivos e irracionales: un hecho que pone de manifiesto la renuncia a comportarse racionalmente. Las pasiones (la cólera, la ira, la envidia, la suspicacia, la hipersensibilidad, la pereza, la gula, etc.) sustituyen entonces a la razón en la conducción de la propia vida. Que un ser racional aprenda a comportarse irracionalmente es una de las más grandes injusticias que se le pueden hacer. ¿Cómo va conducir su propia vida si no se conoce a sí mismo? ¿Cómo llegará así a su propio destino?

Las pasiones son versátiles, cortoplacistas y zigzagueantes. ¿Podemos fiarnos sólo de ellas? ¿Pueden asentarse las decisiones en sólo lo que apetece, interesa o gusta? ¿Acaso se asegura así la continuidad, intencional y operativa, del propio proyecto biográfico? La frustración es un ingrediente esencial del aprendizaje humano, porque forma parte de la vida. ¿Hay acaso una sola persona que jamás se haya sentido frustrada?

Es conveniente que los comportamientos de los padres sean muy parecidos y vayan en la misma dirección frente a las reacciones desajustadas de los hijos, a causa de la frustración. Lo ideal es que esos comportamientos se refuercen entre sí, incluso en el caso de que entre el padre y la madre se den ciertas discrepancias. Cuando uno de ellos afronta la situación –y aunque el otro piense que se está equivocando– es conveniente que el segundo no interrumpa al primero, guarde silencio o manifieste un cierto asentimiento respecto del modo en que al hijo le están corrigiendo. Más tarde –y estando a solas– los padres pueden hablar y llegar entre ellos a un cierto acuerdo, para que no se produzca el desacuerdo en lo sucesivo. Lo que no deben hacer es descalificarse en público. En presencia del hijo no conviene dividir las fuerzas. De lo contrario, se estará reforzando la conducta infantil que se quiere corregir.

Se da pie, a partir de estas disonancias, a que el niño observe la vulnerabilidad de sus padres. El supuesto desacuerdo entre ellos será aprovechado por el niño para fingir una alianza con uno de ellos contra el otro. Poco importa que esa “alianza” sea real o no, visible o invisible. En cualquier caso, es una alianza perversa o que funciona como si fuera perversa. El hecho es que al niño se le dan alas para que persista en su tozudez.

Por el contrario, si los padres se apoyan mutuamente frente al niño este percibe enseguida que allí nada tiene que hacer, que es preciso desmontar la escena porque no tiene salida posible ante la fortaleza y unidad de criterio de sus padres. Es cierto que el matrimonio unido jamás será vencido. Pero no es menos cierto que el matrimonio desunido es fácilmente vencido.

Los padres pueden contribuir a mejorar la resiliencia de sus hijos evitando el cortoplacismo en la satisfacción de sus deseos, demorando con justicia las gratificaciones, y ajustando de modo realista su nivel de aspiraciones. Todo ello contribuye a desarrollar mejor la tolerancia a la frustración.

La educación en la frustración, el entrenamiento en resiliencia se identifica así con la educación de los sentimientos. El niño debe aprender a manejar sus propios sentimientos, a tolerar las frustraciones, a asumir las propias limitaciones de quien todavía no es dueño de sí mismo y no puede imponer ninguna “ley” a sus padres. Cuanto más intolerante sea a las frustraciones menos dueño de sí será. Por aquí se abre el camino a la inadaptación social y al comportamiento tiránico.

En lugar de aprender a controlarse a sí mismo, el niño aprende a controlar a los demás, es decir, a manipular a los adultos con tal de salirse con la suya. En lugar de crecer hacia la racionalidad, decrecen y se hunden en la irracionalidad de sus instantáneos, cambiantes y voraces deseos. Aprender a tolerar la frustración está muy de acuerdo con el aprendizaje del propio conocimiento, de los límites en que acontece su vida, de la fortaleza y resistencia a las adversidades, del gobierno de las pasiones, de los propios recursos de que dispone para acoger eso que le hace sufrir, de aprender a renunciar temporalmente a sus deseos, de vigorizar sus puntos fuertes para soportar lo que le frustra. El crecimiento en la tolerancia a la frustración estimula el empoderamiento del niño y le transforma en una persona fuerte, con un carácterestable, y capaz de soportar la exposición a situaciones conflictivas sin que por ello se hunda en la depresión. Educar en la frustración es una parte importante de la educación en la fortaleza. Quien es fuerte frente a la adversidad tolera mejor los pequeños alfilerazos que acompañan al vivir humano.

De aquí que la educación en la frustración (como entrenamiento en resiliencia) puede atacarse desde ámbitos muy diferentes como, por ejemplo, el aprendizaje de la libertad y la renuncia, el modo en que se toleran situaciones desagradables, la desactivación de los deseos que una vez valorados son calificados como no convenientes, el entrenamiento en autocontrol, las formas de reaccionar a la frustración, la apertura al otro para ayudarse o ayudarle, el discernimiento frente a motivaciones inapropiadas, espurias o inviables, etc. Desde otra perspectiva, estos mismos contenidos –aunque con términos diferentes– se identifican y superponen con la educación en la fortaleza (De la Vega, 2011).

Entre los deseos y la frustración hay demasiados vínculos, que no deben ignorarse16. La frustración surge al filo de los deseos que no pueden ser satisfechos. Ante la imposibilidad de satisfacerlos, otro modo de regular el comportamiento consiste en aminorar su intensidad, abarcarlos para mejor manejarlos de forma cognoscitiva, transformarlos o aplazarlos.

También esto forma parte de la educación en los sentimientos y la frustración. Basta con ejercer el control sobre los deseos –una vez que la frustración emerge– para que se produzca cierto alivio en la experiencia frustrante. Los niños pueden aprender que los deseos de la persona son ilimitados y que su satisfacción, en cambio, es muy limitada; que lo que en un momento se desea con tanta vehemencia un instante después puede resultarle indiferente; que incluso los deseos más vinculados a la satisfacción de necesidades primarias (hambre, sed, consumo de fungibles, etc.) pueden autorregularse y disminuir en su intensidad, aunque no sean saciados. En el fondo, saber afrontar las frustraciones contribuye al desarrollo de personalidades fuertes y comportamientos resilientes.

 

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