Portada de "Ángel Herrera Oria, maestro de espíritu", obra en la que José Luis Gutiérrez señala algunas de las principales características del pensamiento de Don Ángel

Portada de “Ángel Herrera Oria, maestro de espíritu”, obra en la que José Luis Gutiérrez señala algunas de las principales características del pensamiento de Don Ángel

Lo cuenta José Luis Gutiérrez en Ángel Herrera Oria, maestro de espíritu

La soledad es un tema recurrente en el magisterio del Cardenal Herrera.
La doctrina aparece completa en una homilía arquitectónicamente ejemplar, doctrinalmente riquísima y de notoria actualidad (Me refiero a la homilía del domingo XI después de Pentecostés, pronunciada el 21 de agosto de 1960 en la catedral deMálaga. Texto íntegro en O 658–664), en la que aborda un tema hoy olvidado por algunos con excesiva frecuencia.
En dicha homilía se entrecruzan el tema de la soledad y el tratamiento de la turba o multitud desordenada.

Se define el sentido exacto de la soledad, distinguiendo dos clases: la exterior, física, corporal, el estar solo, a solas, sin nadie; y la interior, compatible con la compañía y la convivencia social. La soledad capital, siempre necesaria, es la segunda, o sea, la del corazón.
La primera es accidental, aunque eventualmente resulte también necesaria. La soledad interior “es la del hombre que, aunque corporalmente esté entre los hombres, sin embargo conserva en la parte más alta y serena de su alma, señeras y libres, en una paz augusta, las potencias superiores, no influidas, en materia grave al menos, por la parte inferior de su espíritu”.
Ante estas dos formas complementarias se pregunta el predicador cuál es el fin de la soledad. La respuesta a la pregunta es decisiva. En la concepción cristiana de la vida la soledad no es un fin. Es pura y simplemente medio para un fin. Estamos ante una de las maravillosas paradojas, que diría Chesterton, del cristianismo. El fin de la soledad es la compañía, no el aislamiento. Pero, ¿compañía de quién y con quién?. Esta es la gran cuestión.
Dos respuestas se recogen: la de la filosofía y la de la teología. La de la razón inferior o natural, y la de la razón superior o divina, revelada.
La filosofía de la soledad se resume en la sentencia de la antigua sabiduría grecolatina: “Voy a la soledad a encontrarme a mí mismo”. Caso ejemplar, es del Escipión el Africano (Dio inmortal expresión a esa sentencia el sumo maestro de la oratoria romana, Cicerón, al atribuir al gran Escipión lo que éste solía repetir: Nunca hacía más con las potencias superiores que cuando le dejaban en paz las potencias inferiores y el barullo de la vida. Nunca estuvo menos solo que cuando estuvo solo. Herrera cita el texto latino según el cual Catón recordaba que Escipión el Africano solía decir: “numquam se plus agere quam cum nihil ageret, numquamminus solumesse quamcumsolus esset” (CICERÓN,De re publica, I, 17,)). Esta respuesta tiene valor, y acentuado valor, pero es incompleta y por lo mismo resulta insuficiente en el marco de la vida cristiana.
La teología de la soledad añade un plus esencial a lo anterior.
“Vamos a la soledad a encontrar compañía. ¿La compañía de quién? La de Cristo. ¿Tienes a Cristo en el alma? Pues ya eres hombre de soledad más o menos perfecto. ¿No lo tienes? Eres totalmente hombre
de turba”. La soledad posee una extraña fuerza unificadora del alma, porque aparta al hombre de la enajenación que el roce con lo exterior produce, y le pone de nuevo en contacto íntimo, profundo, consigo
mismo. Hace que uno se sienta y vea a sí mismo. Por eso unifica. Pero, además de ser vía obligada para la unidad interior, la soledad lleva al encuentro con Cristo, y este encuentro directo, personal y a solas con Cristo pone al alma en contacto, asimismo directo y personal, con Dios, realidad suprema siempre presente en el alma, pero advertida honda y claramente en la soledad. Por eso, esta soledad es absolutamente necesaria para la unión del alma con Dios.
La soledad nos devuelve en cierto modo al encuentro primero del hombre con Dios en el Paraíso. Nos coloca como en un nuevo monte Horeb en la presencia de Dios. Quedan fuera el huracán, el viento y el fuego. Sólo se percibe en la soledad profunda del alma el ligero y blando susurro del paso del Señor (1 Reg 19, 11–13).
Tercer punto de la exposición: es necesaria también la soledad exterior. Asentada la principalidad de la soledad interior, los textos insisten en la necesidad, no meramente en la conveniencia, del aislamiento físico temporal más o menos prolongado. “Para conservar perfectamente esta soledad interior es preciso buscar la soledad exterior”. Y se enuncian a continuación algunas normas prácticas, tomadas todas del ejemplo personal del Señor, para determinar el cuándo y el porqué de esta huída al desierto. “Hay, en
efecto, momentos en los cuales es indispensable o convenientísima la soledad exterior”.

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