Extracto del capítulo “Carlomagno y la Realeza sapiencial” de Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña, incluido en Carlomagno y la civilización carolingia. Estudios conmemorativos en el 1.200 aniversario (814-2014)

Carlomagno, victorioso conquistador de media Europa, fue tam­bién el más destacado de los soberanos alto-medievales patrocinadores de la cultura y las artes y acaso también el más consciente de la importan­cia que la educación tenía si se quería construir una civilización cristiana en el seno de una sociedad barbarizada tras las Invasiones. En el gran imperio que construyó con la punta de la espada desde el río Ebro al río Elba impulsó con tesón la creación de escuelas y bibliotecas, llamando a su corte a los intelectuales más importantes del Occidente latino.

Él mismo hizo un enorme esfuerzo personal por cultivarse en todos los saberes a pesar de su analfabetismo inicial, sacando tiempo entre batalla y cacería para estudiar por las noches el cálculo y la gramática. En efecto, nada muestra más, a juicio de Christopher Dawson, “la grandeza real de su carácter que el celo con que este guerrero inculto se lanzó a la empresa de restaurar la enseñanza en sus dominios”, pero sin intentar “imitar simiescamente las maneras de un césar romano o bizantino”.

Tal y como intentaremos probar en este trabajo, este ingente esfuerzo de mecenazgo cultural que dio origen a las sublimes realiza­ciones artísticas y literarias del renacimiento carolingio, tuvo su ori­gen en un proyecto ideológico. Un proyecto ideológico cuyo puntal era

una teología política sapiencial de la Realeza cristiana. Este paradigma teológico-político partía de una premisa básica: Carlomagno tenía que alcanzar la sabiduría (intelectual, prudencial y moral) si quería alcanzar la dignitas de un verdadero príncipe cristiano y dejar de ser el caudillo coronado de una horda de bárbaros.

Todo comenzó cuando, tras conocerse en la ciudad de Parma (año 782), Carlos, Rey de los Francos desde el año 768, solicitó del diácono anglosajón Alcuino de York que se hiciera cargo de su itinerante schola palatina. Alcuino se encontraba entonces en Parma en viaje de regreso a su patria tras solicitar al pontífice romano el pallium para el nuevo arzo­bispo de York, Eanbaldo, en cuya sede era bibliotecario y maestro.

La escuela de palacio carolingia contaba por aquel entonces úni­camente con cuatro alumnos. Éstos estaban encabezados por el pro­pio monarca, que con treinta y cinco años aún aprendía a duras penas a leer intentando subsanar la pobre educación que había recibido. Había nacido de una concubina, Berta, y su legitimación se había producido años después de su nacimiento, cuando Pipino el Breve contrajo matri­monio canónico con su madre. Acaso su propia condición de hijo bas­tardo explique esta rudimentaria educación, que le hacía parecer un “palurdo” en comparación con su fallecido hermano y rival, Carlomán, educado en la abadía de Saint-Denis con los monjes y poseedor de una cierta cultura.

La aceptación de la propuesta de Carlomagno por el diácono anglo­sajón inauguró el llamado renacimiento carolingio y brindó a Alcuino de York “la mayor oportunidad de educar jamás dada a un inglés”. Pronto, Carlomagno iba a tener oídos únicamente para el diácono anglosajón, que se iba a convertir así en el factótum de la curia regia franca, aquel que disfrutaba de la königsnähe («intimidad regia») en mayor grado. En esta dirección, autores como Duckett y Wallach han puesto de relieve que la

influencia de Alcuino en la evolución del pensamiento de Carlomagno fue determinante, marcando de forma indeleble toda la posterior evolu­ción de la ideología imperial carolingia del siglo ix.

Con todo, en realidad el Rey de los Francos, desde hacía ya
un tiempo inquieto por instruirse, tenía ya junto a sí a algunos clérigos áuli­cos trabajando en su capilla palatina (que hacía las veces de cancillería, lo que era habitual en la Alta Edad Media). Entre ellos cabe citar al franco Dagulfo, a dos diáconos alemanes, Arno de Freising (luego promovido a arzobispo de Salzburgo) y Godescalco (Gottschalk), y a un monje de ori­gen anglosajón llamado Cathwulf.

Cathwulf, de quien apenas sabemos nada más allá de que resi­día en la abadía de Saint-Denis al servicio de su abad Fulrado, escribió una Epístola exhortatoria dirigida a Carlomagno en el año 775, acaso con motivo de la erección de la nueva iglesia abacial de Saint-Denis (en diciembre de ese año), que constituye uno de los primeros espejos de príncipes del Medievo así como un hito fundamental en la evolución del pensamiento político carolingio.

La anexión del Reino lombardo había abierto también las puertas de la culta Italia a Carlomagno, quien ya había ligado a su curia en el momento de conocer a Alcuino de York a tres destacados intelectuales italianos: el anciano gramático Pedro de Pisa (se había incorporado a la curia regia franca en el año 774, convirtiéndose así en el primer ins­tructor del soberano franco), Paulino de Aquilea (otro gramático: entró a formar parte del círculo áulico de Carlomagno en el 776, para acabar siendo elevado a la sede patriarcal de Aquilea en el año 787) y al intelec­tual más brillante de toda la Italia lombarda, Pablo el Diácono, quien con anterioridad había sido un clérigo áulico de la corte del rey lombardo Desiderio.

Fruto de la relación de Pablo el Diácono con el rey franco fue su redacción de la Gesta Episcoporum Mettensium, una crónica de los obis­pos de Metz que halagaba la sangre arnulfinga del rey franco (no hay que olvidar que el obispo Arnulfo de Metz era el fundador de la dinastía de los mayordomos de palacio de la que él procedía) a la vez que reanudaba la historiografía franca tras largos años de completo silencio.

En el praefatio de esta Gesta, Pablo el Diácono realizaba el que es sin duda el primer panegírico regio de índole sapiencial que se dedicó a la persona de Carlomagno. En él Pablo el Diácono ponderaba no sólo, como sería de esperar, la virtus bellica del rey sino también “la claridad de su sabiduría y su pericia en todas las Artes Liberales”. No era un pequeño elogio si tenemos en cuenta que el soberano franco aún no sabía leer y escribir correctamente.

Con toda probabilidad, nos encontramos aquí con una figura retórica, la dupla de virtudes de época clásica fortitudo-sapientia, que el Diácono aplicaría al regio destinatario de su crónica sabedor de que halagaría sus oídos. Lo significativo es que al joven Carlos le interesara lo suficiente el estudio ya en esos años, a pesar de las enormes limitaciones que aún sufría en este sentido, como para que el sabio italiano reparara en la conveniencia de mencionarlo en el prefacio.

Asimismo, en un poema latino compuesto en el año 783 para cele­brar el triunfo de Carlomagno sobre el rey danés Sigfrido, el intelectual lombardo celebraba no sólo el origen celestial de la realeza carolingia sino que también contrastaba la barbarie del gobernante de Dinamarca –a quien el poeta desprecia por no entender la lengua latina– con las virtudes intelectuales del rey franco. De esta forma, Pablo el Diácono se dirigía con estas palabras a Carlomagno: “estoy preparado para recibir vuestras enseñanzas, piadoso soberano (rege docente pio). Tengo la espe­ranza de que, al igual que habéis subyugado con las armas a todos los pueblos, les deslumbrará igualmente vuestro luminoso intelecto”.

Cabe aquí recordar que Pablo el Diácono ya había entonado un elogio poético de su anterior soberano, el rey lombardo Desiderio, en tanto que el “único príncipe de nuestro tiempo que sostiene la palma de la sabiduría” ponderando el vivo interés de sus hijos por la filosofía, la exégesis, la poesía y la historia.

En este sentido, Peter Godman, ha apuntado que “el culto al gober­nante sabio, que ocuparía un lugar tan importante en la poesía de la corte carolingia, fue anunciado dos décadas antes de su desarrollo por los panegíricos que Pablo el Diácono compuso de los miembros de la familia real lombarda”. En efecto, al presentar a Carlomagno como instructor de los sabios cuyos trabajos patrocinaba, en tanto que una suerte de gue­rrero poeta que aunaría intelecto y marcialidad, Pablo el Diácono integró el antiguo arquetipo del Rex sapiens en un contexto contemporáneo de manera más eficaz que ningún otro autor desde Venancio Fortunato.

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