Entre la reforma y la revolución La labor del Gobierno Provisional de la Segunda República Española (abril-octubre 1931)
Vicente Navarro de Luján
ISBN: 978-84-16477-59-3
Colección: General – Nº: 61
Nº de Páginas: 516

Lo primero es felicitarle y no dejarlo para el final. Mi primer pensamiento, cuando tuve en mis manos este libro, limpio, grueso (518 pp.) y bien editado por CEU Ediciones, fue ¿cómo se puede escribir tanto, y tan bien, sobre tan pocos meses? Y, encima, acerca de un asunto inédito y una bibliografía en blanco sobre tan atrayente tema. Las dudas han sido barridas con su lectura y justificado el éxito. Se trata de una obra muy importante y engancha de inmediato.
Ahora bien, no pretendo aquí y ahora realizar una recensión al uso, que del autor podría escribir mucho, como destacado profesor universitario, propagandista y político de raza. No. Me voy a centrar en dos modestos cometidos, por mi parte: divulgar el libro, es decir, dar noticia de su existencia que lo agradecerá el lector, y, a modo de pinceladas, destacar unas reflexiones que me ha provocado su lectura. Y también la relectura, sobre todo del capítulo dedicado a la cuestión religiosa, el más largo, último y significativo.
También los capítulos anteriores son interesantes, referidos a los primeros pasos del Gobierno provisional, que resultaron difíciles al tratarse de un desafío para la joven República, sobre todo el orden público. Y no digamos la política del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes con sus novedades, amén la promoción cultural y las Misiones Pedagógicas de las que me he ocupado en artículos y en dos de libros sobre artistas que las sufrieron, con el pan duro del exilio, y siendo Medallas de Bellas Artes: “El Realismo Trascendente de Enrique Reyzábal”, incluyendo a su amigo Eduardo Vicente, más “Ramón Gaya y los Toros”.
La reforma militar de Azaña, por necesaria, fue positiva. Y en cuanto a la cuestión religiosa, la Iglesia fue respetuosa con la República. Papel importante jugó el cardenal Don Ángel Herrera y El Debate, periódico que dirigía. Herrera no era partidario de enfrentarse a ella; sí que animaba a realizar el apostolado social de la Iglesia desde dentro, participando con la República. Fundamental fue, como brazo derecho, la ayuda recibida por Alberto Martín- Artajo. En su importante Archivo, que generosamente nos ha donado su hija Mercedes para el Museo Ángel Ayala, hay testimonios de todo ello, en muchas cartas que son un tesoro.
Impactan los relatos referidos a la quema de iglesias, conventos y edificios religiosos con sus bibliotecas y muy valiosas obras de arte. Esto como negativo. Y en lo positivo, causa admiración la cantidad de políticos que aparecen en esta obra, con una preparación y oratoria de envidia. A todos le sobraban los papeles, les bastaban la memoria y su palabra. Parlamento vivo rezuman las páginas de este libro. Con Azaña, Alcalá-Zamora y hasta el mismo Jiménez de Asúa. Una maravilla, para nada comparable con la clase política, en general, que hoy tenemos en España y Europa. Excepciones hay, pero pocas. Un brillante alumno mío, Manuel Sánchez Ayuso, con la inteligencia que tenía, Diputado del Partido Socialista, me dijo un día que el peligro que se cernía sobre los debates en las Cortes era que fallara la luz eléctrica leyendo papeles quien fuera. Sus informes de economía le producían desazón al ver como otros tan mal los leían. Falleció de un infarto con las botas puestas. Homenaje le debemos.
Muchos excesos se dieron durante la República, que alguno sigue entre nosotros. Los españoles vamos escribiendo la historia, gracias a algunos políticos de serrín, como en un libro de hojas en limpio, que las escritas por un ministro (frecuente en Educación) no sirven para el siguiente, aun existiendo cosas aprovechables, y así el libro sigue en blanco con las tapas intocables. El mismo Unamuno, partiendo de la distinción entre “religión del Estado y religión de Estado” llegaría a criticar el cambio de nombre en las calles, los propios en las personas y hasta los matices en el habla al uso. Así, nos recuerda cuando un diputado novel dijo en su discurso que “había que marchar por el camino real”, y los sonoros murmullos le obligaron a corregirse y decir: “bueno, por el camino republicano”.
Y terminaré con dos alusiones que, personalmente, me han interesado: Pedro Rico López, Alcalde de Madrid en la República, no era de apellidos Rico Pérez (p. 271). Agradezco al autor la traición amistosa de su subconsciente. A Pedro Rico, por motivos familiares, le he dedicado una semblanza en el “Centenario del Código Civil”, tomo quinto dos y último, de Homenaje a Doña María de las Mercedes. Fue Alcalde de Madrid dos veces (1931-1934 y 1936). La Casa de Campo de patrimonio real pasó al pueblo de Madrid; inauguró la plaza de Toros de Las Ventas; se enfrentó al paro con muchas y diversas obras sociales: casas baratas para humildes, escuelas y becas. También se le debe la depuradora de aguas, prolongación de la Castellana y calle Serrano. Y urbanizó, entre otras, la calle del Ferrocarril. Fue un hombre de gran corazón y buena persona.
El otro punto, se refiere a la igualdad de derechos para ambos sexos (artículo 41 de la Constitución republicana). Y la anécdota que me sucedió aumenta el valor de la biblioteca que tiene en su casa el autor de esta obra, y, en especial, sobre libros dedicados a la República. Y así, de entrada, no en todas las bibliotecas de España, en el régimen anterior, estaban a la vista y de fácil uso los libros dedicados a la II República. Preparaba yo una ponencia para el II Congreso de la Familia entre España y Méjico, y el tema era “La Mujer en la Segunda República Española”. En la Biblioteca del Colegio de Abogados de Madrid, sita entonces en la Plaza de la Villa de París, la Gaceta de esos años estaba bien guardada en los altos de la Sala de Togas. Y fue en la del año 1931 donde encontré la Real Orden de 14 enero sobre el Derecho de la Mujer al Femenino, que hasta los miembros de la Academia, al menos Carmen Conde y Buero Vallejo, desconocían. No D. Vicente Gª de Diego, el Secretario, que me contó lo difícil que fue decidir el informe que el Rey Alfonso XIII les había solicitado por medio de D. Elías Tormo.
Por todo lo anterior, hay que resaltar lo respetuosas que fueron con la ley, en cuanto al uso del femenino, Clara Compoamor, escritora, y Victoria Kent, abogada, ambas diputadas. Escrito así, que se da la paradoja de que muchas feministas hoy no admiten el femenino en su profesión o cargo, llevando en sus tarjetas que son Diputado o Abogado. Y no digamos nada del barbarismo que hasta en los medios de comunicación se emplea con “la abogado”, “la médico”, etc. Vicente Navarro sí que, con todo acierto, trae a colación en esta obra que comento, los títulos en femenino para las mujeres: “Las mujeres pueden ser dentro de la República abogadas, catedráticas, diputadas e incluso ministras” (p. 420, nota 748).
Cerraré estas modestas notas, cortas en texto pero largas en afecto y admiración a Vicente Navarro, con las tres frases que aparecen en el pórtico del libro: “¡No es esto, no es esto! La República es una cosa. El radicalismo es otra. Si no, al tiempo” (José Ortega y Gasset). Y, por su parte, Gregorio Marañón dijo en esta línea: “Mi respeto y mi amor por la verdad me obligan a reconocer que la República española ha sido un fracaso trágico”. Y es así porque “cuando no sabemos a qué puerto nos dirigimos, todos los vientos son desfavorables” (Lucio Anneo Séneca).

Francisco Rico Pérez, Profesor Emérito de la UCM y Propagandista del Centro de Madrid.
15 de noviembre 2017 – San Alberto Magno, Maestro de Santo Tomás de Aquino.

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