Como apunta José Luis Gutiérrez en Manual de Ciudadanía Cristiana, es importante a la hora de tratar el tema del dirigismo cultural en el que estamos inmersos, entender el asunto de la autoría de la cultura.

El primer presupuesto, la primera gran realidad, ofrece una evidencia, una conclusión obvia, aportada por la historia y la propia filosofía de la cultura. La cultura en todas sus expresiones es obra de la persona, del individuo, de la sociedad, no del Estado. La persona humana es el único sujeto óntico, el dato fundamental y previo del fenómeno cultural. Ella lo crea y a ella se destina. Como sujeto agente, en la línea de la causalidad eficiente; y como sujeto de destino, en la línea de la causalidad final. Dicho de otro modo, es la subjetividad o capacidad creadora del individuo y de la sociedad la que produce la cultura y la que disfruta de ella. 

Tres acotaciones completan el sentido de este primer presupuesto. Primera: el hombre como autor de la cultura es el hombre completo, no el mutilado. Cuerpo y alma. Sentidos, fantasía, sentimiento y razón. Y también fe. Segunda: el hecho cultural, por su espontaneidad, requiere clima de libertad, exento de interferencias ajenas preterculturales. Tercera: la cultura tiene en sí misma una necesaria y fecunda función social. Nace del sujeto y está destinada al disfrute, contemplación y uso de todos, personas y pueblos.

¿Significa lo dicho que el Estado no tiene función propia en el campo de la cultura? En modo alguno. La tiene, poderosa y fecunda. Pero dentro de sus límites. Toca a la Administración pública en este campo el ejercicio de la función de fomento, de estímulo y protección de la iniciativa privada. El Estado por sí mismo ni sabe, ni puede crear cultura. Otra es su tarea aquí, la de facilitar el despliegue de la iniciativa del sujeto individual capacitado. Debe dejar y debe dar medios, para que se produzca desde la base social el producto cultural. Y debe, en la misma línea de fomento, rodear de solícito cuidado atento el acervo cultural, la herencia histórica de los pueblos. Se halla obligado a respetar y acrecer la identidad, el alma colectiva, sin introducir climas de ruptura suicida o pretender conservadurismos siempre regresivos. Y debe, por último, estimular las iniciativas fomentadoras de la cultura, que los particulares, individual y asociadamente, pueden realizar por la vía de las fundaciones privadas. Como legitimación de esta necesaria acción cultural del Estado actúa la aplicación certera y constante del gran principio central de la acción subsidiaria.

 

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