La imagen es contundente. Habla por sí sola. O algo quiere decirnos. Aparece, en la fotografía en blanco y negro del partido socialcristiano de la Austria alemana de 1919, una singularidad, una mujer. A pesar de la monocromía del retrato de grupo, destaca sobre el conjunto de todos los parlamentarios, vestida de blanco, Hildegarda Burjan.

Nos cautivará la lectura de su vida, en primer lugar, si descubrimos en ella una vida vivida con intensidad. Fue una mujer intelectual, sin embargo, su compromiso vital la aventuró a dedicar su vida a los más afectados por la guerra y la escasez. Mujeres y niños eran sus predilectos.

Su lucha estuvo marcada por una experiencia radical de conversión. Su encuentro con Dios fue el motor de toda su actividad, de su integridad. Definitivamente, su actividad política y social no tuvo otro horizonte. Hacer todo solo “por el amor de Dios” era su anhelo más profundo cuando ponía en marcha cualquier proyecto social.

La vida ejemplar de Hildegarda tuvo también sus sombras y, precisamente por ello, cualquiera que se acerque a su historia podrá hacerlo sin miedo y tomar como propios sus anhelos: sufrir amando y vivir para amar, primero al Dios descubierto y después al hombre en su dignidad.

Comments are closed.