La cama es uno de los lugares más habituales para leer: para los pequeños es una forma de conciliar el sueño y adquirir el hábito de lectura; y para los adultos, un momento de tranquilidad y relajación óptimo para continuar con una novela. Pero esto no ha sido siempre así: en el siglo XVIII, la práctica era considerada inmoral y censurable.

Este artículo en The Atlantic narra una historia representativa: cuando Lord Walsingham fue encontrado una mañana de 1831 en su cama, prácticamente calcinado, y su esposa en el exterior del edificio (tras saltar desde la ventana para huir de las llamas), la prensa de la época atribuyó la muerte de ambos a un “vicio” con consecuencias fatales. “Debían de haberse quedado dormidos leyendo en la cama”, concluyeron; una práctica que era sinónimo de posible muerte por incendio, porque requería velas que podían quedar desatendidas en cualquier momento. 

En el editorial, los lectores fueron instados a no tentar a Dios mediante el vicio de llevar un libro a la cama;  y el editorial -una visión habitual de la época- alertaba sobre la calamidad y el fracaso moral que constituía el cerrar el día de esa forma.

Además, la literatura de la época dramatizaba con frecuencia sobre los riesgos potenciales de la actividad. Pero los datos reflejan que la amenaza -y las posibilidades de sufrir este desgraciado final- no eran tan grandes: de los más de 29.000 incendios registrados en Londres entre 1833 y 1866, únicamente 34 fueron atribuidos a lectores somnolientos.
Entonces, ¿por qué tenía tan mala fama leer en la cama? La controversia también deriva de lo “disruptivo” que resultaba en aquella época, en la que leer se consideraba una actividad para hacer en común, o de forma oral. Como señala el artículo, leer en silencio era algo tan extraño, que en su obra “Confesiones” San Agustín observa a un lector en esta situación de esta forma: “su voz era silenciosa y su lengua estaba inmóvil“.

Las transformaciones sociales importantes pueden venir acompañadas de reticencias que señalan los peligros de no seguir las convenciones. Por suerte, parece que no hay razón alguna para preocuparse: Leer en la cama se asocia hoy en día con numerosos beneficios (alguno de ellos inesperado).

 

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