Allá por los años 70, Susan Sontag escribió un ensayo -estoy hablando de “En la caverna de Platón”- que nos lanza una advertencia inquietante sobre el poder de la fotografía en nuestro tiempo: “hay algo depredador en la acción de hacer una foto. Fotografiar personas es violarlas, pues se las ve como jamás se ven a sí mismas, se las conoce como nunca pueden conocerse; transforma a las personas en objetos que pueden ser poseídos simbólicamente”. El juicio de Sontag continúa, de alguna forma, la preocupación social -y, en cierto modo, “política”- que ya anticipaba Walter Benjamin en su “Pequeña historia de la fotografía”: “No sería extraño que las prácticas fotográficas, que comienzan hoy a dirigir retrospectivamente la mirada a aquel floreciente período preindustrial, estuviesen en relación soterrada con las conmociones de la industria capitalista”. En efecto, la fotografía crea una nueva forma de relacionarnos entre nosotros cuyas consecuencias políticas resultan evidentes. En un tiempo de imágenes y en un régimen de opinión, esta forma de arte propia de la modernidad reviste un poder formidable.

   

Por eso es una suerte que un grupo de profesores de la Universidad CEU-San Pablo – Miguel Ángel de Santiago, coordinador de la edición española; Emiliano Blasco, coordinador de la edición inglesa; David Monreal y Carmen Cordero- hayan publicado el libro “Fundamentos de Fotografía y Estética: La cámara” (CEU Ediciones, 2018), cuya edición en inglés se presentó hace pocos días en la propia Universidad. En la presentación del libro, el profesor De Santiago reivindicó una fotografía cuyo centro sea la persona. Sobre este punto gravita la respuesta que se deba dar a las observaciones de Sontag y Benjamin sobre las relaciones económicas y de poder subyacentes al hecho fotográfico.

En efecto, el debate sobre el uso de la fotografía ha de ir vinculado al diálogo sobre el estatuto de la persona en nuestro tiempo. No cabe una teoría del arte -y aquí entra por derecho propio la fotografía- sin una antropología que dé razón del ser humano. Al igual que las demás artes, el arte fotográfico puede llevarnos a lugares a los que no queremos ir o de los que, quizás, no volveremos incólumes.

Tómese, por ejemplo, el caso de la colección fotográfica “Auschwitz. El álbum fotográfico de la tragedia” (Casa Sefarad-Israel, Yad Vashem, 2007) que tuve la suerte de comentar hace algunos años con el profesor Monreal durante una de esas conversaciones casi espontáneas que surgen felizmente en los pasillos y se van prolongando poco a poco. Como señala en su prólogo Avner Shalev, se trata de “una recopilación de fotografías tomadas por hombres de las SS y convertidas en archivo en forma de álbum que fue escondido y de algún modo consiguió salvarse de los efectos devastadores de la guerra. Tras ser restauradas y recopiladas, las fotografías constituyen un extraordinario documento de incalculable valor histórico y humano. Retratan, desde la perspectiva de los asesinos, un día cualquiera en la aniquilación sistemática de los judíos durante la época del Holocausto”.

Tengo ante mí de nuevo este álbum atroz a cuyas imágenes jamás me he acostumbrado. La lectura del libro de los profesores De Santiago, Blasco, Monreal y Cordero me ha hecho enfrentarme a ellas con una nueva mirada. Concebido como manual universitario, estos Fundamentos permiten al lector aprehender los aspectos técnicos de la fotografía: la luz, los tipos de lentes y de cámaras, la profundidad de campo, las reglas de la composición y tantos otros conocimientos sin los cuales uno va casi inerme a contemplar el horror que asoló Europa.

Así, este libro no es sólo para los estudiantes de Fotografía ni para los aficionados a esta forma de arte que ha penetrado en nuestras vidas por completo, sino para todos aquellos que quieran aprender, como decía el profesor Sierra Cortés, que “ver es más que ver”. En efecto, toda mirada debe ser adiestrada desde lo fundamental para poder comprender la imagen en toda su extensión y con todas sus limitaciones. Este libro es un instrumento utilísimo para ello.

Quizás la persona destaca especialmente en el retrato, que nos dice mucho del retratado y, a veces, muchísimo del retratador. Ahí está el rostro sonriente de Jean Moulin con el sombrero de ala y la bufanda al cuello o la severidad de Abba Kovner declarando en el juicio de Eichmann con la mano izquierda en la cintura mientras gesticula con la derecha. Veo sendos retratos de Jan Karski y Hélie Denoix de Saint Marc, ya mayores, después de haberlo visto “todo y lo contrario de todo”. Aquí tengo de resistentes del gueto de Varsovia. Está borrosa. Visten gorras y abrigos largos. Llevan el pelo suelto. Son muy jóvenes. No sé sus nombres. Pasan los años. Hannah Arendt me mira mientras sostiene un cigarrillo en la mano izquierda. Jerzy Popiełuszko eleva la vista con el altar de fondo. No hay, que yo sepa, fotos de Jan Palach ardiendo en la plaza San Wenceslao de Praga, pero sí se conserva una imagen estremecedora y largo tiempo censurada del profesor polaco Ryszard Siwiec, el primero que se quemó vivo en protesta por la represión de la Primavera de Praga. Gracias a este libro, he aprendido nuevas formas de observar imágenes que contemplo a menudo para recordar de dónde venimos, es decir, para saber a dónde hemos de dirigirnos.

Así, este libro, cuyo sentido último es esa fotografía con centro en la persona, nos adentra en el repertorio conceptual técnico del arte fotográfico con una claridad admirable y el rigor propio de la docencia universitaria. La traducción al inglés, felizmente realizada por Roberto Gelado y Santana L. Poch, asegura un impacto de la obra aún mayor.

Termino con otro retrato. Emmanuel Ringelblum y su esposa Yehudit miran embelesados a su hijo Uri, que a su vez no les presta la menor atención porque mira a la cámara, es decir, a nosotros. Ellos no saben que los nazis invadirán Polonia tiempo después de esta foto. Desconocen que Emmanuel liderará al grupo Oneg Shabbat, que preservará de forma clandestina la memoria de la vida en el gueto de Varsovia. Ellos, que ahora miran a su hijo en la cuna, ignoran que el 7 de marzo de 1944 serán fusilados junto a la familia polaca que los escondía y 35 resistentes del gueto. Gracias a este libro, comprendemos el entorno íntimo en que se tomó esta foto y nos fijamos en esa mano que él posa delicadamente sobre el hombro de ella, que parece acomodar al bebé que nos mira. Esta composición nos inquieta y nos conmueve por esa ausencia casi total de fondo. Este libro nos ha abierto las puertas a una forma de mirar novedosa y enriquecedora en su profundidad universitaria.

Por eso, sólo podemos estar agradecidos a los coordinadores, los autores y los traductores por habernos acercado a la fotografía con una mirada renovada.

P.S. Ringelblum escondió el archivo de Oneg Shabbat, que recopiló materiales sobre la vida en el gueto entre 1939 y 1943, en varios lugares de Varsovia. En 1946 y 1950 se encontraron sendas partes del archivo. Comprenden unos 6.000 documentos que se custodian en el Instituto Histórico Judío (Varsovia). Por supuesto, entre ellos hay fotografías.

 

Ricardo Ruiz de la Serna

Publicado en La Gaceta, 15 de abril de 2018

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