Enlace a la reseña de José F. Serrano publicada en Alfa y Omega sobre 50 años después. La Iglesia y el catolicismo tras el Vaticano II de Manuel Bustos:

El profesor Manuel Bustos no es Jacques Maritain, ni este descargo de ciencia y de conciencia, a los 50 años del Concilio Vaticano II, es El campesino del Garona. Pero se podría establecer una línea de continuidad entre esta obra, coeditada por la BAC y CEU Ediciones, y aquel No es esto teológico y pastoral del pensador francés. De hecho, en las páginas de Manuel Bustos están presentes Von Hildebrand, con su El caballo de Troya en la ciudad de Dios, o Guitton y su Silencio sobre lo esencial, dos sinfonías de pensamiento laico, que nos colocan en una obligada confrontación no sólo con los procesos históricos de secularización, sino con los de mundanización de la Iglesia. Siempre que un cristiano toma la pluma para desnudar su alma y dialogar con su tiempo y con la experiencia de su vida de fe, tenemos una nueva oportunidad para caminar juntos en la necesaria clarificación de la complejidad de nuestro tiempo.

Manuel Bustos, catedrático de Historia en la Universidad de Cádiz y Patrono de la Fundación Universitaria San Pablo CEU, se ha tomado en serio lo que dijo Jean Guitton en la Universidad Complutense, en 1995: «Pienso que la segunda evangelización va a requerir más del amor al martirio que la primera». A lo largo de casi 200 páginas, hace una mixtura de diagnóstico y pronóstico de la situación del catolicismo, aderezados de experiencias personales. Bien es cierto que, aunque el libro se ha quedado a las puertas del Papa Francisco, quizá esperando una segunda aportación, el permanente ejercicio de sinceridad equilibrada de nuestro autor es una buena muestra de ese profundo sentido de verdad y coherencia con el que afrontan la marcha de la Iglesia no pocos fieles. Como fino analista del acontecer eclesial, no duda en entonar los mea culpa necesarios de una generación que vivió apasionadamente la novedad del Concilio, pero que ha ido palpando lo que era sustancia, y sufriendo lo que eran prescindibles adherencias, incluso inoculados patógenos ideológicos de extravagancia.

A lo largo de los capítulos de este libro, que nos hablan de lo que queda en el recuerdo, de los signos de los tiempos, del impacto del Concilio y de sus reacciones, de los contenidos del cambio, de la doctrina y de la Iglesia en tiempos de zozobra, entre otros, Manuel Bustos hace gala de una singular libertad de espíritu que se expresa en variados juicios sobre el pasado y el presente. Afirmaciones con las que se podrá estar más o menos de acuerdo, pero que deben ser tenidas en cuenta; por ejemplo, su tesis de que «el panorama del catolicismo actual más que de pluralidad es de dispersión, tanto en lo que se refiere a la autoridad de la Iglesia como a la doctrina» (180). En síntesis, «no es la creación de estructuras, organigramas, o instituciones superpuestas, aunque lleven el nombre de católicas o se inspiren en el catolicismo, la que, por sí misma, puede transformar la realidad social y cultural de acuerdo con la perspectiva cristiana. (…) Día a día estoy más convencido de que dicha transformación no puede llegar si, previamente, no cuidamos nuestra relación personal con el Señor de nuestra vida, lo cual implica una comunicación íntima y personal con él a través de la oración y los sacramentos, especialmente de la Eucaristía» (174). No está nada mal.

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