Esta semana Antonio Dyaz habla sobre los “negros literarios” o escritores fantasma en Yorokobu. Él también fue escritor en la sombra:

“Yo solo he sido afroamericano una vez y el fingido autor todavía me debe parte de mis emolumentos. Me reprocha que no ganó el certamen literario al que presentó aquel relato que yo escribí para él y que, por tanto, no logré el cometido para el que fui contratado”.

Comenta una faceta poco conocida de la literatura actual: la de los escritores poco reconocidos que “cubren” a otros que sí son populares. Escriben novelas para otros escritores de éxito, pero en sequía literaria, con el objetivo de explotar el tirón editorial de los mismos, mientras dure.

El tema se trata en La verdad sobre el caso Harry Quebert  (Premio Goncourt des Lycéens, Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y Premio Lire a la mejor novela en lengua francesa), de Joël Dicker. En su historia un escritor de éxito en horas bajas -Marcus Goldman- recibe presiones constantes de su editor para cumplir una fecha de entrega imposible. Ante las dudas de Marcus, la editorial insiste en emplear escritores fantasma.

  -El libro debe estar listo dentro de tres semanas. Marcus -me repitió por décima vez Barnaski-. Después tendremos diez días para corregirlo, después una semana para la impresión. Eso quiere decir que a mediados de septiembre inundaremos de ejemplares el país. ¿Lo conseguirá?     
-Sí, Roy.     
-Si quiere, estaremos allí en seguida-gritó desde el fondo el jefe de los escritores fantasma, que se llamaba Françoise Lancaster-. Tomamos el primer avión para Concord y estamos allí mañana para ayudarle. Escuché a todos bramar que sí, que estarían mañana y que sería formidable. 
-Lo que sería formidable es que me dejaran trabajar- respondí-. Escribiré este libro solo.
-Pero si son muy buenos -insistió Barnaski-. ¡ni usted mismo verá la diferencia! ¿Por qué querer trabajar cuando se puede permitir no hacerlo?

Dicker hace una reflexión sobre la literatura “rápida”, diseñada para obtener grandes beneficios con enormes inversiones en publicidad y campañas de lanzamiento mundiales, pero con escasa literatura. Se trata de una figura enigmática en la industria: las grandes editoriales se niegan a reconocer haber hecho uso de estos escritores, aunque hablan de “asesores literarios”. Se asocia a este fenómeno con los títulos autobiográficos de políticos y determinados famosos; y al silencio que lo envuelve, a los estrictos contratos de confidencialidad que firma el escritor fantasma. ¿Habremos leído un libro de alguno de estos autores en la sombra, sin saberlo?

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